Antes de ser padre trabajaba muchas horas, todo el día. Es lo que se supone que hace un freelance, ¿no? Aparte de las tareas propias del diseñador/desarrollador web, hay que ir a eventos, participar en conferencias, tomar cursos para actualizarse, no descuidar el marketing, escribir posts, actualizar Twitter, actualizar Facebook… Esto lleva mucho tiempo, todo el día, vaya.

En julio de 2013 nació mi hija. Y todo cambió. Desde luego pensaba que las cosas serían diferentes una vez que tuviera que hacerme cargo de ella pero también creía que los demás exageraban cuando aseguraban que no iba a tener tiempo para nada. Por las mañanas la llevamos a la guardería pero no queremos que pase allí todo el día (su madre trabaja mañana y tarde en una agencia de viajes) así que las tardes las paso con ella.

Cuando aún no había nacido pensaba que podría sentarme una hora o dos mientras el bebé se entretenía jugando o explorando cosas. Qué equivocado estaba. Un bebé demanda mucha atención y cariño. El diseñador Mike Monteiro emitió un podcast al respecto con el impactante título: «Nadie destruye mi familia excepto yo». A los pocos días asumí que era imposible alcanzar la concentración necesaria para hacer nada (más allá de responder algún correo breve desde el móvil).

Me di cuenta de que las tardes serían en exclusiva para mi hija lo que me obligó a replantear mis procesos y horarios. Todo lo que quisiera trabajar tendría que ocurrir antes de las tres de la tarde. La única solución era empezar más temprano. Así pasé de trabajar de 9 a 2 y de 4 a 7 a trabajar de 8 a 3. Es una hora menos al día, algo perfectamente asumible, sobre todo cuando aprendes, obligado, a aprovechar al máximo cada minuto. Bien pensado es casi un 9 to 5 británico (sin tiempo para comer, eso sí).

Un día cualquiera con este patrón de jornada de trabajo sería así:

 

Un buen día

Me he despertado casi a las diez… Ya quisiera. Realmente el día empieza bastante antes.

06:40. El iPhone intenta despertarme. Palpo la pantalla como un autómata rogando nueve minutitos más.

06:49. El teléfono no da tregua. Es hora de levantarme. He desarrollado una extraordinaria habilidad para moverme en silencio total por la casa. Lo último que quiero es que el bebé se despierte antes de tiempo y las sencillas tareas domésticas se compliquen.

07:05. Después de la ducha llega el momento de más calma del día: el desayuno.

07:58. Hago cuatro kilómetros en bici cada mañana desde casa a la oficina en el centro. Toda la ruta va junto al mar. La brisa me ayuda a pensar con claridad en las tareas del día.

08:15. Lo primero que hago es revisar las tareas en Redbooth y comprobar el correo.

08:20. Aprovecho el primer rato de la mañana para escribir posts, tutoriales o este correo.

09:00. Empiezan a llegar los demás compañeros de la oficina: traductores, desarrolladores de aplicaciones, escritores… La variedad de profesiones es enriquecedora, hacemos un grupo muy curioso.

09:30. Hora de dedicarse a los proyectos. Tengo que hacer unos ajustes a un sitio web que acabamos de publicar.

11:00. Mando un correo para que revisen los últimos cambios.

11:05. Echo un vistazo a Feedly en busca de noticias interesantes que compartir en Twitter.

11:15. Reunión con Appio para comentar el diseño de una aplicación de Facebook que tenemos que desarrollar. Desde que usamos Git y BitBucket el trabajo en equipo ha mejorado muchísimo.

11:40. Hora de usar mis herramientas favoritas (papel y lápiz) para plantear la maqueta de un nuevo sitio web para una empresa constructora local.

12:30. Cada día actualizo los contenidos de una aplicación móvil de música de una marca de bebidas energéticas. Me encanta la música y descubro muchas bandas haciendo este trabajo.

14:00. La última hora de trabajo del día la dedico a proyectos personales, ya sea escribir para el blog, para trabajar en La Junta de Carter o para aprender algo nuevo. Si no tengo algo urgente de trabajo, claro.

14:50. Vuelvo a revisar el correo y envío mensajes con el estado de los proyectos.

15:00. Otros cuatro kilómetros en bici de vuelta a casa. El día de trabajo ha terminado.

16:00. Después de comer toca dormir un poco con el bebé.

16:30. Me levanto con cuidado de no despertar a mi hija y aprovecho para ver algún tutorial o conferencia en la tele del salón o preparar imágenes para el blog.

17:00. Marta se despierta. Empieza la segunda jornada laboral del día.

17:30. Vemos juntos un episodio de Pocoyó en YouTube antes de merendar.

18:00. Hace un color insoportable en la casa, será mejor que bajemos al paseo marítimo a pasear un rato.

19:00. Cervecita en alguna terraza con amigos. Marta juega con un Pocoyó (sí, le encanta) de goma.

20:15. Vuelta a casa. Llega el protocolo nocturno: baño, cena, biberón y a dormir.

21:45. Todo ha ido de maravilla y la niña ya está durmiendo. Por fin nos podemos sentar un rato en el sofá, cenar y comentar con mi mujer la jornada.

22:15. Si aún me quedan energías aprovecho para leer (novelas o cómics, nada técnico). Hoy empiezo «Seconds», la novela gráfica de Bryan Lee O’Malley, el autor de Scott Pilgrim.

23:30. Estoy tan cansado que he dejado el libro a un lado y he dado alguna cabezada. Es mejor ir a la cama que al día siguiente el teléfono sonará a las 06:40. Y no da tregua.

El ritmo que nos imponemos y el estrés habitual de nuestra profesión hacen casi imposible romper la rutina de jornadas infinitas. Lo cierto es que no tiene porqué ser así. He comprobado que:

  • hay vida más allá del trabajo
  • no trabajo menos, no produzco menos, trabajando unas cuantas horas menos a la semana
  • el equilibrio entre la vida laboral y la familiar me hace trabajar mejor: más concentrado, más inspirado
  • disfruto más de lo que hago

¿Cómo es tu día de trabajo habitual? ¿Cómo te organizas para lograr el equilibro trabajo/vida personal?

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